Suena summertime, suena la deliciosa voz de Ella Fitzgerald y el señor Louis Armstrong, suena summertime en una noche estrellada, mientras la luna sale, inconsciente, al este. Suena summertime y todo es paz, todo se convierte en un extraño recogimiento místico que convierte el mal en el bien.
Suena summertime mientras todo se deshace, mientras todo se desvanece, mientras que al tiempo todo arde. Se calcina hasta los cimientos una tierra yerma, una tierra que sea cual sea la bandera acaba destiñendo hasta conseguir el mismo tono gris, enfermizo, de los hijos que la ondean. Hay días que lo mejor que nos podría pasar a todos es desaparecer, sin más.
No tener que contar nada porque ya se ha dicho todo, y aún así tener que asistir, en cuarta fila, al lamentable espectáculo de aguantar a una especie fracasada en su intento de ser un buen experimento de Dios. El resultado de 3.800 millones de años de evolución tras el gran pedo divino somos esta suerte de polla con patas, cuyo mayor éxito radica en haberse multiplicado hasta la maravillosa cifra de ser tantísimos como para llenar el Santiago Bernabéu la asombrosa cifra que diga el gilipollas que haya hecho el cálculo para poder decirla en el telediario.
Somos una puta especie invasiva en un planeta que se nos queda chico entre 2 y 3 veces al año según los cálculos de agencias científicas que nos permitimos mantener y cuyas advertencias permitimos el lujo de pasarnos por el forro de los cojones. Una especie bendecida por Dios un día de cuelgue con ácidos y alguna botellita de vodka, única explicación posible a este parto horroroso que ya cumple de sobra su edad de vencimiento, y que debería abandonar el planeta en gesto de buena voluntad, entregando sus armas saltando al fuego eterno de motu propio. No nos vendría mal un suicidio colectivo con el que pasar a mejor gloria.
Suena el himno partisano mientras me imagino a lomos de un tanque, mientras imagino que bombardeo parlamentos, sedes de partidos políticos, agencias de información, sedes judiciales, comisarias de policía, periódicos de tirada nacional y local, residencias de reputados y reputadas prohombres y promujeres de plena sabiduría, mientras asalto molotov en mano, facultades, iglesias, mezquitas, editoriales, centros comerciales, sedes bancarias, despachos de abogados y todo lo que ha hecho que este mundo sea la puta mierda en la que se ha convertido, con gilipollas que se indignan ante la acción simbólica de un trasnochado soñador, cuyo máximo delito es seguir la estética revolucionaria que a ojos de ese gilipollas invalida un mensaje cuyo máximo exponente es el gilipollas crucificado al que dice adorar.
Me tomo la pastilla mientras vuelve a sonar el himno de un ejército cuya moderna visión de la historia, envainada en un traje de superioridad moral construido por la propaganda de Edward Bernays, nos hace sojuzgar como malo por la infantil dipolaridad impuesta por esta puta mierda de sistema entre los rojos y los azules. Somos los esclavos de su pensamiento, donde los pobres, todos vosotros, gilipollas del sistema, creéis ser libres.
Resuenan los ecos de las bombas partisanas sembrando verdadera justicia divina mientras leo las gilipolleces de un gilipollas mucho más gilipollas que yo, en lo que me doy cuenta que hasta los adalides del pensamiento crítico son putas marionetas de esta estafa global llamado mundo libre. Veo esos 20 kilos de amonal hacer añicos un frágil muro de ideal, al tiempo que aguanto la bazofia intelectual de un pajillero de la pureza ideológica, que pretendiendo luchar contra la conspiración se acaba convirtiendo en ella, mientras un fiel coro de plañideras le lamen el ego.
Asistir en primera fila a la extinción global, sería lo mejor que nos podría acabar pasando, ver, por un instante, como la absoluta justicia, la que diferencia entre lo correcto y lo incorrecto, entre el acierto y el error, elimina en un instante lo que un día fue una buena intención.
Estamos acabados, todos los que algún día nos dio por abrir los ojos y atrincherarnos tras cajas viejas de televisores huecos, lo sabemos mejor que nadie. El hombre del campo lo sabe, los desheredados lo saben, toda una generación de imbéciles que algún día pensamos que este invento funcionaba y hoy nos vemos abocados a la distribución de la miseria, lo sabemos. Mientras el mundo sigue girando a trompicones, mientras el fascismo vuelve a alzar la mano de partidos populares, de lluvias doradas, de intereconomías, de las privadas y de las públicas, la grasa de las tuercas ya no fluye tan alegremente, y sólo la decisión colectiva de tomar el poder y apretar el botón de nuestra propia destrucción, redimiría todos nuestros pecados, los hechos y los que dejamos hacer.
Suena Johnny Cash, y todo es paz.
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Ele, mi Profeta Pocalíptico favorito…
Un día la luna se levantará por poniente y el sol saldrá por Antequera.
Cuanto más tardemos en tomar conciencia de esa realidad inevitable, más duro será el proceso.
Tocados y hundidos, lamiendo sombras vamos sobre un barco de locos, y las ideas verdaderas, embalsamadas, como esa diosa romera que tiran al río, flota en el ganges de nuestras miserias, a la espera de qué…quizá a que nieve en primavera y se congelen los brotes verdes; esos que nos prometen más miseria con el mismo color del dinero.
Salud y un abrazo.
Manuel Marcos